domenica 6 maggio 2012

En un mundo libre




Podemos definir la noción de “mercado de trabajo” como el conjunto de operaciones comerciales que afectan a un determinado sector de bienes, suponiendo que la palabra mercado tenga la connotación de intercambio de mercancías. Desafortunadamente tenemos que incluir también, para que nuestra noción de “mercado del trabajo” sea coherente con el sentido práctico que se le atribuye hoy en día, el concepto de capital humano. Efectivamente en su sentido lado el mercado del trabajo está integrado por la población activa: los ocupados más los parados que estén buscando empleo. En cambio, en sentido estricto, comprende el conjunto de personas que están dispuestas a prestar sus servicios en una actividad legal bajo la dirección de otra persona y también el conjunto de entes, individuales o colectivos, que demandan trabajadores para integrarlos a su actividad laboral.
El concepto fundamental que se encuentra a la base de las relaciones entre estas dos categorías de individuos es lo de empleabilidad. La empleabilidad consiste en un conjunto de características individuales que son determinantes para entrar en el mercado del trabajo y tener expectativa de ser contratado o no. Los futuros trabajadores para que sean contratados no solo tienen que satisfacer algunas de las características propias del concepto de buen nivel de empleabilidad, sino que también tiene que responder a pedidos propios del mercado del trabajo actual, como la regularidad de sus papeles, un buen nivel de flexibilidad y un bajo nivel de expectativa.

Esto es el panorama que nos presenta Ken Loach en su película “En un Mundo Libre” del 2007.

La película quiere ser una narración cautivadora y convincente del estado de explotación que los sistemas capitalista y liberal intentan utilizar bajo escondites, como base de partida. Ambientado en una Inglaterra a los antípodas de Buckingham Palace, cuenta el hecho de Angie, una contratista de profesión, que una vez despedida decide de montar su propio negocio para explotar los mismos conocimientos en el campo. Junto a una amiga realiza una agencia de trabajo temporal, que ofrece trabajos diarios y semanales a la marea de inmigrados en busca de una profesión.
El panorama que nos ofrece Loach en su película, parece ajeno a la realidad, una realidad la nuestra donde muchas veces los inmigrados no son vistos como víctimas, sino como invasores, escapados por la misma tierra con el único objetivo de robarnos el trabajo y aprovecharse de los derechos previsto por nuestras leyes.
La realidad que nos presenta el guionista es mucho más compleja: es una realidad, desafortunadamente, donde no hay vencedores o perdedores absolutos, donde cualquier persona tiene que luchar y al mismo tiempo bajar la cabeza para sobrevivir.
La película a varios niveles se interroga sobre muchas cuestiones fundamentales de la vida: cuánto el objetivo justifica los medios, cuánto la explotación incondicional pueda resultar provechosa, cuánto el actuar en un sistema de esclavismo pueda justificar el actuar de esclavista, cuanto un sistema del género permita de crearse una familia.
Lo más notable de la película es el camino de degradación moral de la protagonista, de explotada a explotadora, aprovechando todas las “posibilidades” que le ofrece un sistema pro-flexibilidad y donde los controles estatales son burlados de manera sistemática, pues el nuevo “sentido común” dicta que se debe seguir siendo cada vez más competitivo, o que siempre habrá alguien que produzca más barato en alguna parte de mundo. Esto lo justifica aparentemente todo, especialmente en el rubro de la subcontratación, donde directamente se trafica con el esfuerzo humano.
Cada personaje está especialmente escogido y representa a una categoría social dentro de esta encrucijada sobre la “legalidad” de las personas y algunas características que vuelve a asumir la noción de mercado del trabajo. Hay que subrayar, en propósito, el impacto que la actitud de Angie genera en su entorno, sobre todo en su padre, un ex trabajador de fábrica jubilado que actúa a modo de conciencia. Este salto generacional en la concepción de las reglas que hacen funcionar el mundo ilustra la involución moral y ética que está afectando el sistema.
La película denuncia la falta de escrúpulos de un primer mundo, que trata a los recién llegados como personas de tercera a las que convierte en piezas al servicio de un engranaje maquiavélico.
Denuncia una regresión del mundo laboral, de la forma de ver los trabajadores, sobre todos los inmigrantes, denuncia el avance de una nueva forma de concebir el trabajo que si en la película afecta particularmente el extranjero, hoy en día se está expandiendo a todas las personas.
Efectivamente hoy la forma de contracto más cuotata no es la a tiempo indeterminado, aunque haya sido uno de los objetivos más querido por los sindicatos, no se valoran, de la forma adecuada, las capacidades de cada individuo ni sus cualificaciones. Nos enfrentamos delante una nueva revolución del trabajo donde lo que se valora más es la disponibilidad a doblarse bajo los pedidos de los empresarios, donde la competencia tiene un nivel tan alto que no puede ser controlado por los gerentes y donde la globalización y la no universalidad de la concepción de lo que sean condiciones de trabajos justas hacen sí que la necesidad de trabajar se traduzca en una lucha casi sin reglas, donde, la mayoría de la veces no va a ganar nadie.